¡Viva la vida! Mariela A. Valencia

“Ocho meses en casa”

Queridos lectores, les saludo una vez más para compartirles la primera edición del mes de noviembre de este espacio, el cual redacto con mucho cariño para ustedes.

Siempre había escuchado que la vida puede cambiar de un instante a otro, para bien o para mal; pero sinceramente jamás creí que eso me podría suceder a mí. Sin embargo, al despertar una mañana, me encontré con la noticia de que había iniciado una cuarentena en el país, y que debido a una contingencia era preciso no salir.

Mi primera reacción fue de alivio, quedarme en mi hogar por un tiempo no podía estar tan mal; pero jamás me pasó por la mente que a partir de aquel día, nada volvería a ser igual.

Me fijé el propósito de enfocarme en mí y retomar algunas de las pasiones que por la rutina olvidé; hice limpieza en armarios y cajones, y a través de innumerables recuerdos, en varias historias del pasado me adentré.

Confieso que antes de todo esto no solía salir con tanta frecuencia. No obstante, después de unas semanas de explorar y conocer nuevamente mi casa, las sensaciones de tranquilidad y desestrés se decidieron  a menguar; y la nostalgia de no reunirme con nadie para convivir, había comenzado a actuar.

Tachándole días al calendario vi fechas importantes pasar,  muchísimas cosas que ya había planeado, fiestas, viajes, diversos eventos, me di a la tarea de postergar.

El internet se volvió de gran ayuda para aún en la distancia, con mi familia y amigos hablar; pero llegado el momento no es esto suficiente, pues por más amor que haya, los abrazos y besos no se han podido dar.

Depresión, ansiedad, miedo, incertidumbre se apoderaron de mi; los cuarenta días previstos, al parecer en 2020 no tendrán fin.

A estas alturas del partido y con la nueva normalidad, tengo muchos sentimientos encontrados. En ocasiones desespero y lo único que hago es llorar; no obstante, más tarde resurge la esperanza de que pronto, todo se ha de arreglar.

Quizá no todo en el mundo vuelva a ser exactamente como antes. Sin duda, de este aislamiento todos saldremos con una actitud mas compresiva; que nos convierta en seres humanos más humildes, empáticos, solidarios y tolerantes.

Son ya casi ocho meses los que he estado guardando distancia, y cuando se me ha presentado la oportunidad de salir, mi consciencia me dicta seguir en casa.

Si bien aún no regreso al tráfico vehicular, mi vida y el camino hacia mis metas de un concurrido semáforo depende; y para continuar, espero fervientemente  que éste, muy pronto me muestre su luz verde.

Jamás me imaginé que pasaría por esta experiencia algún día. Sin embargo, a cada instante Dios me sigue mostrando razones para que… ¡Viva la vida!