COLUMNA FRACTAL

¡MECHITA! FERNANDO F. CANCELA.-Mi hermana Alma Araceli y yo, acudíamos con ella a clases de regularización.

Con nosotros, también iban a clases vespertinas mis primos Elsa y Arturo Cancela Viveros.

Debo reconocer francamente que, como me costó trabajo aprender lo que en ese tiempo decíamos Silabario. Ya ni se diga aprender a escribir, así como las cuentas de suma y resta, eran realmente un tormento chino para mí.

Hay quienes dicen que eso me pasaba porque era muy distraído, que vivía prácticamente en la luna y mi mamá Juanita, me decía que era porque había nacido con luna tierna.

Quien sabe que pasaba por mi mente, pero tenía entonces entre 7 y 8 años de edad.

El caso es que mis maestras de primer grado en la Escuela Primaria “Luis J. Jiménez”, Lolita y Conchita, batallaron para enseñarme, ya llevaba dos años en primer grado y seguía en las mismas.

Podía observar claramente que mis compañeros ya sabían perfectamente leer, escribir y hacer cuentas pero tampoco me preocupaba; vagamente pensaba que a la escuela se iba a jugar, porque para eso, si era muy bueno.

Mamá y papá, así como como mi abuelita Rosita, la mamá de mi papá, estaban realmente preocupados.

Un día, caminando por la calle Revolución muy cerca de la iglesia El Calvario en Xalapa, Rosita se encontró con una profesora muy ancianita que tenía muchos años de ser jubilada de la Escuela Primaria “Revolución”, donde había estado dedicada a la educación durante más de 40 años.

De hecho, había sido profesora de mi papá don Fernando y de mis tíos Arturo y José Luis Cancela Aguilar, allá por los años 40,s y principios de los 50,s., ellos vivían entonces en Abasolo, entre Lucio y Revolución.

Mercedes, era su nombre de pila.

Mi abuelita le platico a quien posteriormente de cariño decíamos Mechita, que tenía un nieto con problemas de aprendizaje y que si ella podía hacer el favor de enseñarle las letras, y también a escribir y realizar sumas y restas.

Mechita muy contenta le dijo que sí a mi abuelita Rosita, pues después de muchos años tendría nuevamente un alumno a quien enseñar, el caso es que terminamos con ella un grupo de cuatro alumnos, y aunque mi hermana Alma Araceli y mis primos Elsa y Arturo, no tenía problemas en sus estudios, quisieron acudir también a clases de regularización.

Mechita, vivía en Revolución, donde hasta hace algunos años, había una tienda de productos naturistas que se llama -o se llamaba-, “El Edén”, muy cerca de donde en esos tiempos se encontraba Autobuses Unidos, es decir, el AU.

Mechita era delgada, de estatura promedio y de pelo muy largo, lacio, cano y entreverado, en su cabeza siempre colocaba peinetas muy antiguas que tenían mariposas de colores.

Ella nos daba clases en su habitación en la que se encontraba una cama con cabecera muy antigua pero que siempre estaba muy limpia y bien tendida; en su tocador también muy antiguo siempre se encontraba un espejo metálico de color plateado con agarradera que hacía juego con un cepillo, una crema de La Campana y una botella de Agua de Colonia.

En uno de sus burós, siempre tenía una jarra metálica blanca de peltre con agua sobre una palangana del mismo color, mientras que en el otro buro, tenía un quinqué de petróleo con base y bombilla de color blanco trasparente, al lado del candil, algunas cajas de medicina.

Al principio, tuve un problema, grave para un distraído como yo, su pizarrón lo tenía colocado en un muro pegado a una ventana donde las cortinas siempre estaban corridas y que daba hacia el patio de la casa de Mechita donde tenía gallinas, gallos, gansos y guajolotes que siempre andaba merodeando y que me gustaba sobremanera estar viendo las aves a través de la ventana.

La casa de Mechita donde en el exterior también tenía palomas y codornices, no era muy ancha pero si muy larga, entrando por “El Edén”, pasábamos a una estancia pequeña que era su sala comedor y teníamos que pasar por la cocina para llegar a su habitación donde recuerdo a otra ancianita que siempre estaba

hirviendo algo en una gran cazuela colocada en el fogón de leña. Desde el primer día, me enteré que se trataba de su hermana porque me presentó con ella.

Mechita a pesar de que era una profesora ancianita, era muy profesional y tenía un carácter muy bonito, siempre estuviera el clima como estuviera, indudablemente, estaba muy contenta y dispuesta a enseñarme.

Con ella vivía aparte de su hermana, otra profesora también muy ancianita y su sobrino Beto que era el hijo único de la hermana de Mechita con quien nos hicimos muy buenos amigos.

Beto como de 70 años, nos quería mucho a todos a pesar de que era notable su discapacidad en lo que se refiere -ahora lo sé-, al retardo mental, pero Beto era muy amoroso con todos, sabía cuándo la clase terminaba y se hacía el aparecido para jugar un poco con nosotros. Era realmente como un niño en cuerpo de hombre, alguien por quien nunca pasaron los años.

Obviamente con el paso de los días y los meses con el aprendizaje personalizado también llegó un cariño muy especial por Mechita y por su familia; al principio íbamos por las tardes cinco días de la semana a través de una mensualidad, sin embargo, poco a poco fuimos espaciando los días de clases hasta que solamente acudía un día a la semana para ir reforzando lo que paralelamente aprendía en la escuela.

Con el cariño de siempre, un día tuve que despedirme de Mechita pero siempre la reconozco, platico de ella y la llevo en mi corazón. De hecho, puedo describir claramente su esencia, su perfume a Agua de Colonia; puedo ver su rostro ajado por los años; su labio superior más grande que el inferior con surcos, lo mismo que los párpados de sus ojos color miel.

El olor característico de su habitación a naftalina que seguramente ocupaba para repeler la humedad y la polilla, así como esa bacinica de peltre blanca que siempre bien limpiecita se encontraba bajo su cama al lado de sus pantuflas de piel café que tenían colocada una bolita del mismo color sobre ellas, y su ropero que siempre tuve curiosidad de ver todo lo que en él guardaba.

Creo que soy un malagradecido que creció y como ya no necesité de sus enseñanzas, nunca la volví a ver, seguramente al igual que Beto, su hermana y la otra profesora, fallecieron con los años; pero no es difícil saber que descansan

en el lugar destinado para los justos, para aquellos que creyeron y que ofrendaron su vida a la enseñanza de muchísimas generaciones de niños que como yo, necesitaron de ella.

Mechita se fue, pero su esencia vive en mí. En los recuerdos que naturalmente llegan. Ahora cuando la quiero ver, solo necesito cerrar los ojos.

Descansa en paz querida Mechita.